viernes, 27 de agosto de 2010

Más cadáveres


Recorremos el tramo final de agosto, en su trazado más caluroso realmente. El paso de los días deja cierta huella en el ecosistema de las Salinas. Mi atención se centra en las aves; los charrancitos han concluido otra muy exitosa añada reproductora y ahora se dedican, con apariencia despreocupada, a alimentarse aquí y allá y a deambular, permaneciendo presentes pero más sutilmente, con menos intensidad. Los charranes y pagazas ya escasean en el cielo, no siendo especialmente numerosos, relativamente hablando, hasta hace pocos días sí que acostumbraban a constatar su presencia con sus acrobacias y sus gritos en vuelo. Hasta las gaviotas reidora y patiamarilla parecen estar ocupadas en otra cosa y se las ve en no excesivo número, revoloteando indecisas o posadas en las motas sesteando. Las avocetas están ahora mucho más retraídas; vuelan en bandos relativamente numerosos, de seis a pocas decenas de individuos, dejándose ver poco en las orillas más expuestas de las charcas, prefiriendo el interior tranquilo del entramado de salinas; comportamiento más gregario y huidizo muy distinto al que muestran mientras se están ocupando de sus nidos o pollos. Los chorlitejos patinegros también han engrosado sus poblaciones en la campaña reproductora recién concluida y también aparecen dispersos, solitarios de nuevo. Las cigüeñuelas también han tenido su cuota de éxito, como lo demuestra la presencia de juveniles de este año, ya completamente formados, con su plumaje muy similar al de adulto, aunque el color mucho más apagado de sus patas les delata claramente, entre otros rasgos. Los tarros blancos han tenido una muy buena campaña reproductora y son muy numerosos los juveniles que pasan las horas sesteando o alimentándose en las charcas próximidas a la carretera, mostrándonos un espectáculo muy tranquilizador, casi hipnótico.

Por otro lado, vuelvepiedras, andarríos, combatientes, correlimos común, zarapitín y menudo, algunos archibebes comunes, se cuentan entre los limícolas que, en plumaje de transición (del nupcial al de invierno) que más o menos tímidamente se asoman a las orillas de las charcas. Los flamencos están todo el año, no son los mismos individuos, dado que nos visitan por más o menos tiempo en sus desplazamientos; este año volvieron a hacer un amago de nidificación, confeccionando sus curiosos nidos toscos de barro, pero, como siempre, sin ningún éxito. Empiezan a verse de nuevo garcetas comunes a menudo y garzas reales; alguna imperial asoma su hermosa figura ocasionalmente, así como los avetorillos salen un poco más de la espesura del carrizal. Los fumareles y las gaviotas picofinas revolotean por las charcas más exteriores a horas del día más o menos concretas. Los zampullines chico y cuellinegro, así como algunos ejemplares de somormujo lavanco ya bucean en la “charca norte”, aunque también en otras.

Aún tendrán que llegar algunos otros visitantes invernantes (espero) a las salinas, pero para eso todavía falta. En definitiva, la mañana de hoy no proporcionaba, inicialmente, sorpresas, aunque las salinas siempre tienen algo reservado al espectador atento.

Por otro lado, hoy he conocido a un colega de afición, Pablo. Nos hemos encontrado mirando en la “charca Norte”, escudriñando las orillas; él con su telescopio y yo con mis prismáticos. Al final ha jugado un papel clave en esta pequeña historia.

Y se produjo el “evento”. Un pequeño grupo de unas cuatro cigüeñuelas desciende de una mota al agua, cuando nos disponíamos a acercarnos para escudriñarla con ayuda del telescopio; hasta ahí todo normal. Pero una de ellas muestra un comportamiento raro; aletea con cierta torpeza, de forma innecesaria; y con más torpeza aún duda y trastabilla levemente en el pequeño descenso de unos 60 centímetros. Finalmente alcanza el agua, donde se queda quieta, encogida, mientras que sus compañeras deambulan un poco, alejándose de la orilla más cercana a la carretera. Aún así estará a unos 50 metros de nosotros. No necesito más para saber que, una vez más, pasa algo malo. Llamo a un amigo que puede ser que esté en el Centro de Humedales. Le cuento la historia y me confirma que viene para acá. Así que nos disponemos al rescate; dejamos en los coches cámaras, mochilas, trípodes y telescopio. Hay que rebasar la puerta que cierra la mota y caminar por ella unos metros. Pablo y yo lo hacemos.



Mientras tanto, Diana y Guillermo nos esperan en la senda, ella con la caja que albergará al ave y Guillermo con mi cámara para documentar la peripecia. Realmente acaba siendo más fácil de lo que yo esperaba, merced a la gran debilidad que muestra la cigüeñuela. Me adelanto y la rebaso, mientras Pablo se queda un poco por detrás, con el propósito de cercarla; bajamos hasta el agua, con las botas metidas en ella, y con total facilidad la cogemos.


Ya fuera de la mota la observamos detenidamente; tiene en muy buenas condiciones el plumaje y no tiene signos de diarrea, etc.; pero está muy débil. Desde allí mismo Diana llama al Centro de Recuperación de Fauna, que lógicamente aseguran que vendrán a recoger el ave.



Nos vamos todos al Centro de Humedales, donde charlamos un largo rato. Una hora y media más tarde me marcho y aún no han llegado para recoger el ave; aunque ignoro si es normal o no, no me lo parece. En el momento de escribir esto no sé qué ha sido de ella.



Aunque pueda parecerlo, no es mi intención dinamitar la encomiable tarea de décadas de la recuperación de fauna en la Región de Murcia, pero no puedo evitar criticar una relativa ineficacia. Probablemente se trate de una escasez de recursos, unida a la falta de aplicación de soluciones imaginativas, echando mano del tejido y logística existente para otras cuestiones, etc. Que cada palo aguante su vela.


Y, finalmente, reconozco que mi brother tiene toda la razón cuando dice que en la naturaleza mueren los bichos, que ir de dioses, incluso para "bien", es una actitud más de soberbia y dominación. Pero imagino que a todos nos cuesta dejar morir a un animal.

jueves, 5 de agosto de 2010

El colmo de la mamarrachería y la espantajez

Si es que los grandes de "Muchachada nui" han demostrado ácida ironía para llenar bodegas.

http://www.murcia.com/sanpedrodelpinatar/noticias/2010/08/05-agricultura-libera-gaviota-audouin-cigenuela.asp


Espero en los lectores el suficiente sentido crítico como para saber que esta muestra de "implicación" teatralizada ya la puso en boga el insigne Fraga en la playa de Palomares hace décadas. Si es que está todo inventado. Haremos una gestión infame de los recursos (aire, agua, paisaje); sepultaremos bajo cemento lo que pueda quedar "semivirgen" en la región de Murcia; ignoraremos los vencidos plazos legislativos de las zonas presuntamente protegidas, abandonadas a su suerte; intentaremos, a toda costa, desproteger lo protegido y/o hacerle perder sus valores, agrediendo, permitiendo agresiones y condenándolo a la horfandad de la gestión, ordenación y vigilancia; haremos de lo malo lo peor; pero lo compensaremos con cómicas muestras de afán e interés por el medio ambiente: soltamos dos pájaros y prometemos la reintroducción del lince ibérico en la Sierra de la Pila. Lo único que la "evolución" dialéctica ha traído estas últimas décadas es que de la delirante afirmación de "¡Yo soy el primer ecologista!", que, afortunadamente hace tiempo que ya no oigo, hemos pasado a la habilidad de utilizar machaconamente el concepto "desarrollo sostenible", que ya han conseguido vaciar de contenido y tornarlo putrefacto.

Y esta gente trabaja para mí y con mi dinero. El mundo al revés...

martes, 3 de agosto de 2010

Cambio equipo fotográfico reflex profesional por KALASNIKOV ...

... y una generosa cantidad de munición.


Este verano está siendo duro. Probablemente la culpa sea sólo mía: frecuentar "tanto" las "salinas" me está costando disgustos, muchas alegrías, pero también sinsabores. Cuando no son los incursionistas que no son capaces de vencer la tentación de violar la prohibición de paso, explicitada por carteles, y "colarse" en las motas, son los niños tirando piedras a las charcas, ante la mirada estúpida e inactiva de sus progenitores (o lo que sean), etc. Y cuando no los atropellamientos; o la dichosa moto, el puñetero "quad" (incluso de protección civil, claro), o el niñato del BMV que tienen tanta prisa que no ven la limitación de 40 KM que impera en la carretera de acceso al puerto, porque, quizá, le cierran la playa, o el mercadona, según el sentido de la marcha; ¿qué sé yo? Ni quiero saber.

Y esta mañana el colmo de lo que me está tocando presenciar en las "salinas". Se me ocurre irme al "segundo molino", el de la Calcetera, para, aparte de intentar fotografiar alguno de los "nuevos" limícolas que están llegando estos días (agujas, combatientes, correlimos común, zarapitín y menudo, etc.), así como para asistir a este temprano retorno, además de para probar suerte con los vencejos pálidos que están terminando de sacar a sus pollos en la estación transformadora de la Calcetera. He disfrutado del paseo, pese a mi estupor por el hecho de que, siendo poco más de las 7 de la mañana, el sendero estaba lleno de personas.

De camino a la Calcetera varios grupos de vuelvepiedras, correlimos zarapitines, comunes y menudos, chorlitejo patinegro (uno de ellos con dos pollitos de poco más de un día, aún ...), amén de charrancitos, charranes, pagazas, bandos de flamencos, gaviotas picofinas, patiamarillas, alguna reidora, un archibebe común me han tenido entretenido, haciéndome disfrutar del esfuerzo de cargar con la mochila, trípode, prismáticos, etc.

Llego a la Calcetera y ni rastro de los vencejos. ¿Ya se han largado? No puede ser. El viento sopla moderadamente S-SE. Son alrededor de las 8:15 y decido esperar. Sólo veo tres adultos, a uno de ellos dos veces entrar en el nido a cebar a los pollos. Pero son muchos menos individuos que sólo una semana atrás.

Las cosas ya no van a pintar mejor, así que decido marcharme. A unos 200 metros veo algo que no me quiero creer. Un tipo se baja de la senda a una de las playas de grava de las charcas y empieza a corretear y a dar quiebres. Eso sólo significa una cosa: está persiguiendo pollos. Se agacha varias veces y finalmente se sube al sendero y se marcha, dirección al Molino Quintín. Guardo mi equipo en la mochila y yo también sigo esa dirección. Por mi cabeza pasan muchas cosas, la mayoría moralmente reprobables y políticamente incorrectas.

Pese a que me paro de vez en cuando a echar un vistazo a los pájaros, mi paso es más rápido que la media, por lo que, justamente a la mitad del camino, alcanzo al tipo. Se trata de un "abuelo"; eso nos salva a ambos de acabar en el cuartelillo. Desde atrás veo una mano abierta, relajada, y un puño no totalmente cerrado. No necesito más para estar seguro de lo peor.

La conversación transcurre, más o menos así:
Yo: Perdone, ¿me puede decir qué piensa hacer con ese pollo?
Abuelo: Lo llevo para que lo vean los niños
Yo: ¿Y después ...?
Abuelo: (algo así como) lo dejaré por ahí. (...) Además, hay muchos.

Por mi cabeza pasan muchas cosas, de nuevo. Aparto la mirada. Mi tono de voz no debe ser muy agradable (los que me conocen saben que tengo una mala hostia que aterra)

Se le cae el pollo de la mano. Me agacho, rápidamente, y lo cojo.

Le digo cosas como que está prohibido coger pollos de lo que sea; que, además, estamos en un espacio protegido; que qué pasa con los padres del chorlitejo y sus hermanos; que qué pensaría si le robaran a sus nietos. Que si no ha notado cómo le late el corazón al pobre pollo ... Y yo qué sé qué "tonterías" más.

Y creo que, sin solución de continuidad, me doy la vuelta y me voy, con el pollo entre las dos manos, acunado, intentando que no le llegue luz y así minimizar su ansiedad.

Me jode, personalmente, tener que hacerme dos kilómetros más, cargado, para soltar el pollo (la ida y la vuelta). Me jode lo que voy a padecer intentando encontrar al presunto progenitor, para dejar en sus proximidades al indefenso e inocente pollito. Me jode pertenecer a esta mierda de especie humana. Me jode que no seamos capaces de convivir con el medio en el que nos ha tocado vivir y sea nuestra prioridad poseerlo, mancillarlo y masacrarlo. Bah... Son cosas que se piensan cuando tienes que hacer un recorrido a pie más o menos largo.

La mayoría de las playas de grava que tiene este sendero que une los dos molinos están ahora bordeadas de espuma, lo que hace que estén desiertas de pájaros. Más o menos me acuerdo del punto donde vi al tipo pillar al chorlitejo. Voy escudriñando meticulosamente cada silueta. Finalmente, alcanzo a un chorlitejo que tiene un comportamiento cercano al de "progenitor con pollos". La verdad es que hay pocos chorlitejos, son más los vuelvepiedras y los correlimos, por lo que, probabilísticamente será el padre (o la madre, que no he querido fijarme demasiado, para estar el tiempo mínimo). Bajo a la playa de grava de la charca. Me agacho, dejo el pollo, aún vivo. Miro al pollo, miro al adulto (que me mira, quieto, a no demasiada distancia, unos 10 metros). No veo al otro pollo, pero esto no me preocupa, entre lo miméticos que son y la probable orden de su madre de que permanezca quieto, bien podría tenerlo a dos metros y no percatarme. Vuelvo a mirar al pollo, me levanto, me doy media vuelta y tiro para el molino Quintín.

lunes, 19 de julio de 2010

The no Luck Duck (El pato sin suerte)

En la naturaleza no existe la suerte ni la tristeza. Eso son conceptos humanos, por demás relativos.



Un sábado en la mañana cualquiera. Bueno, cualquiera no puede ser porque debían darse los ingredientes. Es Julio y son las 8:35 AM, un día nublado de verano (que también los hay) en el Parque Regional de las Salinas y Arenales de S. Pedro del Pinatar. Llevo más de una hora haciendo fotos insulsas de aves (pésima luz y una época poco propicia). Sólo el vuelo de tres grandes bandos de flamencos, que se reposicionan para pasar el día, han animado la sesión fotográfica. El ambiente lo ponen los charrancitos que ya tienen a sus pollos volando a punto de independizarse. Las avocetas y cigüeñuelas también tienen ya a sus pollos grandes. Varios grupos de juveniles de tarro blanco, de este año, se alimentan en las charcas, prestando poca atención a los paseantes y a los coches, cuyo ritmo empieza a acelerarse conforme avanza la mañana. Estoy a punto de guardar los trastos, porque a las nueve tengo algo que hacer y he quedado con varias personas. Un juvenil de tarro blanco llama mi atención; es el único en una charca determinada y está bastante quieto; me mira pero no hace nada; normal si tenemos en cuenta que estoy a unos 100 metros de él, que, respecto de la orilla andará por unos 30 metros. Me acerco despacio, muy despacio, aunque apenas me agacho, sólo camino. Sorprendentemente, en vez de buscar la seguridad del interior de la charca, el tarro se acerca a la orilla; miel sobre hojuelas, pienso; si en vez de alejarse prefiere acercarse, todavía habrá valido, fotográficamente, la pena el madrugón. No lo veo pero lo adivino en la orilla, oculto por las altas salicornias, en un pequeño claro de unos 50 cm que deja libre y arenosa la orilla de la charca; salvo que el pato sea descendiente de Houdini, debe estar a unos 5 metros de donde yo estoy y casi seguro que en tierra. Reajusto parámetros en la cámara, agachado, casi acostado en el suelo, antes de iniciar la lenta aproximación final y el crítico momento de descubrirle mi cercana presencia. Lo hago finalmente. El pato está ahí mismo, increíblemente cerca. El instinto fotográfico se dispara y tomo varias fotografías; y es a través del objetivo cuando soy plenamente consciente de que algo malo pasa. El tarro no huye, da algunos pasos cortos y torpes, cayéndose de bruces en cada uno de ellos; en mis fotos acabo apreciando barro en la punta del pico y en el pecho, consecuencia de las caídas de bruces. Especulo con que tenga una pata rota o que esté enfermo y eso lo tenga desorientado y atolondrado. Por mi posición y la vegetación en ningún momento alcanzo a ver sus patas. Venzo, no sin esfuerzo, la tentación de seguir haciéndole fotografías; saco el móvil y llamo al Centro de Recuperación de Fauna. Mientras van sonando los tonos en el móvil, miro el reloj en mi otra mano y veo 8:40; me espero lo peor, debido a la hora temprana; sin embargo una voz llega desde el teléfono. Rápida y atropelladamente le cuento que estoy en las Salinas de S. Pedro y que tengo a unos 3 metros un pollo o juvenil de tarro blanco con síntomas de tener o una lesión o de estar enfermo. Me preguntan que si lo tengo, “contenido” creo que es la palabra usada, aunque no lo recuerdo exactamente, a lo que les contesto que no. Me dicen que ellos no pueden meterse al agua. Ese giro de la cuestión me deja un poco perplejo y no reacciono de ninguna manera, salvo la de despedirme diciéndoles que si “lo atrapo” ya les llamaré. La situación es la siguiente: estoy solo; no tengo una caja de cartón para, en el mejor de los casos, meter al pato; en el momento en que intente abalanzarme sobre él, que está a centímetros del agua, yo cargado con la cámara, mochila, etc, éste se va a “cobijar” en la seguridad de la charca; perseguirlo yo solo por la una charca inmensa de fondo fangoso creo tiene pocas posibilidades de éxito. Y eso sin contar con que, en el momento en que pase la Policía Local o la Guardia Civil voy a tener todos los problemas del mundo. Por ello opto por un plan B. Resulta curioso que, justo cuando finaliza la conversación telefónica, el pato, probablemente alertado por la siempre amenazante presencia y voz humana, se introduce en la charca y se leja muy despacio. Mi plan B es acercarme más tarde al punto de información del Parque y contarles la historieta, a ver si podemos echar mano de alguien del Centro de Humedales, de los Agentes Medioambientales, etc. Con esta peregrina opción, me marcho de allí, no tranquila mi conciencia, pero creo que es lo que está en mi mano en ese momento. Alrededor de las 10:30 consigo acudir al punto de Información del Parque Regional de las Salinas y Arenales. La persona que está allí me atiende muy bien y se interesa por el tema, aunque me describe un panorama poco halagüeño: no hay personal hoy para eso en el Centro de Humedales, los Agentes Medioambientales están liados en Calblanque con el control de accesos, etc. Pero que hará todo lo posible. Se queda con mi teléfono y mi nombre. Casi una hora más tarde me llama para decirme que vendrán del Centro de Recuperación de Fauna. Yo casi he terminado mis compromisos y decido volver al punto de encuentro con el juvenil de tarro. Han pasado alrededor de 3 horas. Al pato le ha dado tiempo de cambiar de charca, de morirse, de mil cosas en ese tiempo. Pero, aún así, vuelvo a la charca del “No luck duck”. Me vuelvo a encontrar con numerosos juveniles alimentándose, grupos de cigüeñuelas, etc. pero no consigo encontrar al presunto pato herido-enfermo, buscándolo con prismáticos, escrutando cada metro de las motas y fijándome mucho en el comportamiento que tienen los grupos de juveniles de tarro que hay en ellas, por si anduviera “mezclado” entre otros individuos. Pasa una hora de búsqueda infructuosa y me marcho, comunicando esta información y mi decisión a la persona del Centro de Información.

Mi conclusión o moraleja: la de siempre, que la protección del medio ambiente, de los espacios, de las especies, de los paisajes, es una protección de mentira, en el papel, pero no es real. Buscar culpables es estéril e ineficiente. Buscar responsables sí puede ser útil, aunque poco, puesto que los responsables son precisamente los que tienen todo el poder y la capacidad para hacer las cosas; y éstos ya han tomado la decisión, absurda, equivocada y deplorable, pero meditada y bajo su lógica razonada. Al ciudadano concienciado sólo le dejan dos salidas: abdicar de su sentido de responsabilidad o actuar, si no de espaldas, ignorando el sistema; ambas salidas dramáticas. Reconozco haber estado más cerca de la primera que de la segunda en este caso.